La ciencia, explica el Dr. Enrique Jadad, no es una competencia de popularidad sino un sistema de investigación metódico basado en la evidencia. Imagen generada por IA
El propósito de esta reflexión no es cuestionar el valor de las redes sociales ni el trabajo de quienes utilizan estas plataformas para compartir conocimiento. Por el contrario, este artículo quiere subrayar un concepto importante para nuestra profesión que se suele confundir: que comunicar una idea y validarla científicamente son procesos complementarios pero conceptualmente diferentes.
Una escena que hoy resulta cotidiana
Un odontólogo termina su jornada clínica y, antes de regresar a casa, abre su teléfono móvil durante unos minutos. En pocos segundos aparecen nuevas técnicas restauradoras, protocolos quirúrgicos, materiales presentados como revolucionarios, herramientas digitales, consejos clínicos y tratamientos realizados en diferentes lugares del mundo. Algunos videos acumulan cientos de miles de visualizaciones; otros han sido compartidos por cuentas con audiencias multitudinarias. Las imágenes son impecables, los resultados parecen extraordinarios y los comentarios transmiten entusiasmo y aceptación.
Sin darse cuenta, ese profesional acaba de participar en uno de los cambios más profundos que ha experimentado la educación odontológica contemporánea: el conocimiento ya no circula exclusivamente a través de universidades, congresos, libros o publicaciones científicas. También se construye, interpreta y comparte diariamente dentro de un ecosistema digital caracterizado por la velocidad, la accesibilidad y la interacción inmediata.
Esta transformación representa una oportunidad extraordinaria. Las redes sociales permiten acceder a información, observar procedimientos, conocer investigadores, interactuar con profesionales de otros países y participar en comunidades de aprendizaje sin las antiguas limitaciones geográficas. La literatura disponible reconoce su utilidad en educación y promoción de la salud oral, aunque también advierte que todavía se necesitan diseños de investigación más robustos para evaluar con precisión su impacto educativo y clínico¹-³.
La popularidad puede acelerar la difusión de una idea, pero solo la evidencia la convierte en conocimiento científico. Imagen generada por IA
Sin embargo, esa misma capacidad para difundir información con una rapidez sin precedentes plantea una pregunta que la odontología no puede ignorar: ¿cómo sabemos que lo que observamos realmente funciona?
La ciencia no es una competencia de popularidad
La historia de la odontología ha estado marcada por una búsqueda permanente de mejores soluciones para nuestros pacientes. Nuevos materiales, métodos diagnósticos, procedimientos quirúrgicos y tecnologías digitales han transformado nuestra profesión. No obstante, el progreso clínico siempre ha dependido de un principio esencial: el conocimiento científico se construye mediante observación sistemática, formulación de hipótesis, experimentación, análisis crítico, reproducción de resultados, acumulación de evidencia y revisión por pares. La odontología basada en la evidencia integra la mejor información científica disponible basada en la experiencia clínica y las necesidades del paciente. Por ello, la evidencia no pretende sustituir el juicio profesional, sino ofrecerle una base más sólida y menos vulnerable a impresiones aisladas o conclusiones prematuras⁴-⁶.
Una experiencia clínica puede inspirar una hipótesis. Un caso exitoso puede abrir una nueva línea de investigación. Una observación realizada por un profesional puede anticipar una innovación importante. Pero ninguno de estos elementos, por sí solo, demuestra eficacia, precisión, seguridad o reproducibilidad. La experiencia es indispensable para formular preguntas; la investigación es necesaria para responderlas.
Durante años, la incorporación de una técnica seguía un recorrido relativamente reconocible:
Este recorrido nunca fue perfecto ni completamente lineal. La ciencia avanza mediante correcciones, controversias, resultados contradictorios y reinterpretaciones. Sin embargo, su lógica general procuraba que la adopción clínica estuviera precedida por algún grado de validación.
El ecosistema digital puede modificar ese orden. Una técnica puede alcanzar gran visibilidad antes de que exista suficiente información sobre sus indicaciones, limitaciones, curva de aprendizaje o resultados a largo plazo. La difusión puede preceder a la investigación; la popularidad, a la validación; y la adopción clínica, a la evaluación crítica.
La ciencia avanza mediante correcciones, controversias, resultados contradictorios y reinterpretaciones. Imagen generada por IA
El problema no consiste en que las innovaciones se comuniquen con rapidez. Esa rapidez puede favorecer la colaboración y acelerar preguntas científicas relevantes. El desafío aparece cuando la visibilidad comienza a interpretarse como evidencia y la aceptación social se confunde con aceptación científica.
La ciencia valida las ideas con evidencia. Las plataformas digitales les dan visibilidad. Ambos procesos pueden complementarse, pero no son equivalentes.
La revolución digital no cambia la ciencia
Las redes sociales no fueron diseñadas como revistas científicas. Su función principal no consiste en someter hipótesis a revisión metodológica, verificar reproducibilidad o establecer niveles de evidencia. Su fortaleza reside en conectar personas, distribuir contenido y facilitar la interacción.
Por esta razón, los indicadores propios de estas plataformas —visualizaciones, seguidores, comentarios, reproducciones o el acto de expresar aprobación mediante un “me gusta”— describen el alcance de un contenido para atraer atención. No permiten determinar por sí mismos si una técnica es clínicamente superior, si un resultado puede reproducirse en otros pacientes o si los posibles beneficios superan a sus riesgos.
Un contenido puede alcanzar enorme popularidad porque resulta útil, innovador y científicamente correcto. También puede hacerlo porque es visualmente impactante, emocionalmente atractivo, controvertido, simplificado o fácil de recordar. La interacción digital, por tanto, no debe interpretarse automáticamente como una medida de calidad científica.
Esto no disminuye el valor educativo de las redes sociales. Diversas revisiones han identificado beneficios potenciales para la enseñanza, la comunicación profesional y la promoción de la salud. Al mismo tiempo, señalan limitaciones relacionadas con la variabilidad de la calidad del contenido, la necesidad de regulación, el profesionalismo y la ausencia de estudios suficientemente sólidos para respaldar algunas conclusiones¹-³,⁷.
Las redes sociales pueden mostrar una idea. Pueden hacerla comprensible. Pueden despertar interés por investigarla. Pueden conectar a quienes desean estudiarla.
Pero la validación continúa dependiendo del método científico.
La forma en que procesamos información
Sería tranquilizador pensar que la formación universitaria, la experiencia clínica o el conocimiento especializado nos hacen inmunes a la influencia de la información repetida o socialmente aceptada. La psicología cognitiva demuestra que no es así.
Todos los seres humanos utilizamos atajos mentales, conocidos como heurísticas, para procesar rápidamente el enorme volumen de estímulos que recibimos. Estos mecanismos son necesarios para funcionar de manera eficiente y tomar decisiones sin analizar desde cero cada situación. No representan necesariamente errores; sin embargo, en determinadas circunstancias pueden originar sesgos que influyen en la interpretación de la información clínica y científica.
La presencia de sesgos cognitivos en la toma de decisiones sanitarias ha sido ampliamente documentada. Revisiones realizadas en medicina y profesiones de la salud han identificado su capacidad para afectar la consistencia, la precisión y la calidad del razonamiento, incluso entre profesionales entrenados⁸⁻¹⁰.
Reconocer estos mecanismos no significa desconfiar permanentemente de nuestras decisiones. Significa comprender que el pensamiento crítico no surge automáticamente por tener un título profesional. Debe cultivarse mediante formación metodológica, revisión constante de nuestras conclusiones y disposición para modificar una conducta cuando aparece evidencia de mejor calidad.
Cuando encontramos lo que esperábamos
Uno de los mecanismos más conocidos es el sesgo de confirmación. Las personas tendemos a buscar, interpretar y recordar con mayor facilidad la información que coincide con nuestras creencias, expectativas o experiencias previas, mientras evaluamos con mayor severidad aquella que las contradicen.
En la práctica clínica, este fenómeno puede presentarse cuando una técnica ofrece inicialmente buenos resultados en algunos pacientes. Esa experiencia genera una expectativa favorable. Posteriormente, las publicaciones digitales que muestran resultados semejantes atraen más nuestra atención y parecen confirmar lo que ya considerábamos cierto. Los casos desfavorables, las limitaciones metodológicas o la ausencia de seguimiento pueden recibir menos atención porque no encajan con la narrativa previamente construida.
Esta tendencia no es exclusiva de pacientes, estudiantes ni usuarios inexpertos. Los profesionales sanitarios también pueden buscar información de manera confirmatoria, lo que influye en el diagnóstico y en la evaluación de alternativas. Estudios experimentales y revisiones sobre decisión clínica han mostrado que una búsqueda orientada únicamente a confirmar la impresión inicial puede aumentar la posibilidad de mantener conclusiones incorrectas⁸,¹¹.
La ciencia intenta protegernos de este fenómeno mediante controles metodológicos: grupos de comparación, aleatorización, cegamiento, análisis estadístico, revisión por pares, declaración de conflictos de interés y reproducción independiente. Ninguna de estas herramientas elimina completamente el sesgo humano, pero todas buscan reducir su influencia.
La pregunta científica no debería ser únicamente: ¿qué evidencia confirma que esta técnica funciona? También debería incluir:
¿Qué evidencia podría demostrar que no funciona, que funciona solamente en determinadas condiciones o que sus resultados han sido sobreestimados?
Cuando repetir parece validar una idea
El efecto de verdad ilusoria describe la tendencia a considerar más creíble una afirmación después de haber estado expuestos repetidamente a ella. La información que nos es familiar resulta más fácil de procesar y esa fluidez cognitiva puede ser interpretada por el cerebro como una señal de veracidad.
La investigación ha demostrado que la repetición puede aumentar la creencia no solo en afirmaciones triviales, sino también en información falsa, noticias engañosas, afirmaciones poco plausibles e incluso mensajes que contradicen conocimientos previos. Una revisión reciente concluyó que se trata de un efecto robusto y con implicaciones directas para la difusión de desinformación¹².
En el entorno digital, una idea puede aparecer inicialmente en una cuenta, ser replicada por otras, comentada en diferentes plataformas, presentada en múltiples idiomas y reproducida en numerosos escenarios clínicos. Con cada exposición aumenta la familiaridad. Gradualmente puede surgir una percepción de consenso que no necesariamente corresponde a un consenso científico real.
La repetición también puede influir en la intención de compartir una información. Experimentos recientes demostraron que la exposición previa aumentaba la probabilidad de difundir posteriormente una afirmación, efecto mediado por una mayor percepción de exactitud. Este fenómeno se observó tanto en información general como en contenidos relacionados con la salud¹³.
Por ello, una técnica puede comenzar a parecer válida no porque tenga estudios que la respaldan, sino porque aumentó el número de veces que fue observada.
La repetición crea familiaridad. La familiaridad puede crear confianza. Pero ninguna de las dos crea evidencia.
Invertir del proceso de validación científica
La transformación más relevante quizá no sea la cantidad de información disponible, sino el orden en que algunas innovaciones llegan a la práctica clínica. Tradicionalmente, el proceso aspiraba a comenzar con investigación y finalizar con difusión:
Inversión del proceso de validación científica en la comunicación clínica: el modelo muestra cómo la difusión y aceptación social pueden preceder a la evidencia científica, cuya validación sigue siendo esencial para garantizar eficacia, seguridad y reproducibilidad. Figura: Enrique Jadad
No significa que toda técnica difundida inicialmente en redes sociales sea incorrecta. Algunas observaciones clínicas compartidas digitalmente pueden convertirse en innovaciones valiosas y posteriormente demostrar sus beneficios. El problema surge cuando la adopción precede a la evaluación y la investigación deja de utilizarse para examinar imparcialmente una hipótesis, convirtiéndose en una búsqueda posterior de argumentos para justificar algo que ya ha sido aceptado.
En ese momento, la validación científica deja de ser fundacional y se vuelve reactiva.
La pregunta deja de ser: ¿qué demuestra la evidencia? Y puede transformarse, casi imperceptiblemente, en: ¿qué evidencia podemos encontrar para respaldar lo que ya estamos haciendo?
La diferencia entre ambas preguntas es profunda. La primera permite que los resultados modifiquen nuestras decisiones. La segunda corre el riesgo de seleccionar únicamente aquello que confirma una decisión previamente tomada.
Esta inversión del proceso constituye uno de los desafíos más importantes para la odontología basada en la evidencia. No porque impida la innovación, sino porque puede hacer que la velocidad de adopción supere nuestra capacidad para comprender las consecuencias clínicas de lo que adoptamos.
El progreso científico es más sólido cuando la evidencia precede a la adopción, no cuando se busca posteriormente su justificación.
Cuando influencia y ciencia siguen caminos diferentes
Uno de los cambios más profundos introducidos por las plataformas digitales no ha sido únicamente la velocidad con la que circula la información, sino la manera en que percibimos la autoridad. Tradicionalmente, el reconocimiento científico se construía de forma gradual mediante la investigación, la publicación de resultados, la revisión por pares, la docencia y la capacidad de contribuir al desarrollo del conocimiento dentro de una disciplina. Era un proceso lento, acumulativo y, sobre todo, sustentado por la evaluación permanente de la comunidad científica.
La revolución digital añadió una dimensión completamente nueva: la capacidad de comunicar. Hoy un profesional puede compartir una idea con miles o incluso millones de personas en cuestión de minutos. Esta posibilidad ha transformado positivamente la educación continua, permitiendo que técnicas, innovaciones y experiencias clínicas crucen fronteras con una rapidez que hace apenas unos años habría parecido imposible. Nunca antes fue tan sencillo aprender de colegas ubicados en cualquier parte del mundo, observar procedimientos clínicos en tiempo real o establecer redes internacionales de colaboración.
Reconocer este enorme valor resulta indispensable para comprender el verdadero propósito de esta reflexión. El problema que planteo no reside en la comunicación digital, sino en la posibilidad de confundir la capacidad para comunicar con la capacidad para demostrar científicamente una afirmación. Ambas representan competencias diferentes, igualmente valiosas, pero construidas mediante procesos completamente distintos. La primera depende de la claridad del mensaje, de la habilidad pedagógica y de la capacidad para conectar con una audiencia. La segunda depende del diseño metodológico de una investigación, de la reproducibilidad de los resultados, del análisis crítico y del escrutinio permanente de la comunidad científica.
En numerosas ocasiones ambas dimensiones convergen en una misma persona. Existen investigadores extraordinarios que además poseen un notable talento para comunicar sus hallazgos, del mismo modo que excelentes comunicadores promueven responsablemente contenidos respaldados por evidencia de alta calidad. Sin embargo, la existencia de estas coincidencias no significa que una dimensión sustituya a la otra. La popularidad digital no constituye un nivel de evidencia, del mismo modo que una publicación científica de alta calidad no depende del número de personas que la compartan en redes sociales. Comprender esta diferencia resulta fundamental para preservar el pensamiento crítico dentro de una profesión que evoluciona cada vez con mayor rapidez.
Los algoritmos distribuyen información; la ciencia la valida
Con frecuencia se atribuye a los algoritmos de las plataformas digitales una responsabilidad que, en realidad, no les corresponde. Se afirma que "el algoritmo decide qué creemos", cuando en realidad su función es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más poderosa. Los algoritmos no fueron diseñados para evaluar calidad metodológica, distinguir entre diferentes niveles de evidencia o identificar cuál estudio presenta menor riesgo de sesgo. Su objetivo consiste en seleccionar aquellos contenidos con mayor probabilidad de captar la atención del usuario y generar interacción sostenida dentro de la plataforma.
Esta diferencia parece sutil, pero posee profundas implicaciones para la educación en salud. Un ensayo clínico aleatorio, una revisión sistemática y un video clínico espectacular pueden competir bajo las mismas reglas dentro de un entorno digital, aunque representen niveles de evidencia completamente distintos. La plataforma identifica cuál de ellos mantiene durante más tiempo la atención del usuario; la metodología científica determina cuál aporta información más confiable para la toma de decisiones clínicas.
Las redes sociales no fueron diseñadas como revistas científicas. Imagen: pixabay-267350
Comprender esto permite desplazar la discusión desde la tecnología hacia nuestra propia responsabilidad como profesionales de la odontología. El algoritmo únicamente organiza la información disponible; somos nosotros quienes debemos interpretar críticamente su contenido. La evidencia científica continúa requiriendo exactamente los mismos elementos que antes de la aparición de las redes sociales: metodología rigurosa, reproducibilidad, análisis estadístico adecuado, discusión crítica de sus limitaciones y revisión por pares. Ninguno de estos componentes ha sido reemplazado por la transformación digital.
La emoción llega antes que la reflexión
Otro aspecto ampliamente estudiado por la psicología y las ciencias de la comunicación es la influencia de la emoción sobre la difusión de la información. Diversas investigaciones han demostrado que los contenidos capaces de generar sorpresa, admiración, esperanza, miedo o indignación presentan una probabilidad significativamente mayor de ser compartidos que aquellos cuya comunicación es neutra o exclusivamente informativa.
La ciencia, por el contrario, suele expresarse mediante un lenguaje prudente. Un investigador raramente afirma que una técnica "siempre funciona". Con mayor frecuencia describe probabilidades, intervalos de confianza, limitaciones metodológicas, posibles factores de confusión y condiciones específicas bajo las cuales fueron obtenidos los resultados. Desde la perspectiva de la comunicación digital, este lenguaje puede parecer menos atractivo. Desde la perspectiva científica, constituye precisamente una de sus mayores fortalezas.
Cada vez que una investigación reconoce las limitaciones de su diseño metodológico o plantea nuevas preguntas derivadas de sus resultados, no está debilitando sus conclusiones; está fortaleciendo su credibilidad. La ciencia avanza porque acepta la posibilidad de corregirse continuamente. Esa disposición permanente a revisar el conocimiento constituye una de las principales diferencias entre una opinión y una conclusión científica.
Toda innovación comienza como una idea. Algunas permanecen como observaciones interesantes; otras terminan transformando por completo una disciplina. Resulta imposible saber, en el momento de su aparición, cuál será finalmente su impacto. Precisamente por ello, la responsabilidad científica no consiste en rechazar automáticamente las nuevas propuestas, sino en evaluarlas mediante criterios que permitan distinguir entre entusiasmo inicial y evidencia consolidada.
Quienes comunican conocimiento poseen hoy una influencia educativa extraordinaria. Cada artículo representa una oportunidad para estimular el pensamiento crítico, despertar nuevas preguntas y motivar la investigación. Del mismo modo, quienes reciben esa información conservan la responsabilidad de analizar críticamente aquello que leen antes de incorporarlo a su práctica clínica. La relación entre ambos grupos no debería entenderse como una oposición, sino como una colaboración permanente orientada a construir conocimiento cada vez más sólido.
Quizá la pregunta más importante que un profesional pueda formular frente a cualquier innovación continúe siendo extraordinariamente simple: ¿qué nivel de evidencia respalda esta afirmación? Esa pregunta no pretende desacreditar la experiencia clínica ni disminuir el valor de la comunicación digital. Por el contrario, constituye el punto de encuentro entre ambas, porque transforma la curiosidad en investigación y la observación clínica en conocimiento verificable.
Comunicación, experiencia clínica e investigación científica: tres pilares complementarios que integran conocimiento, evidencia y juicio profesional para una práctica clínica responsable y centrada en el paciente. Figura: Enrique Jadad
Volver al método científico
La historia demuestra que las herramientas cambian mucho más rápido que los principios. Cambian los materiales, cambian las tecnologías, cambian los medios de comunicación y cambian las plataformas mediante las cuales compartimos conocimiento. Sin embargo, los fundamentos del método científico permanecen sorprendentemente estables. La observación continúa generando preguntas; la investigación continúa buscando respuestas; la evidencia continúa sometiéndose al análisis crítico antes de ser incorporada a la práctica clínica.
Las redes sociales forman parte del presente y, sin duda, también del futuro de la educación odontológica. Negar su importancia sería desconocer una realidad evidente. El verdadero reto consiste en integrarlas dentro de una cultura científica que preserve el pensamiento crítico como principal herramienta para la toma de decisiones. Compartir conocimiento representa un acto de generosidad profesional; validarlo mediante investigación constituye un acto de responsabilidad clínica con nuestros pacientes y con la profesión.
Tal vez el desafío más importante de la odontología contemporánea no sea aprender a utilizar nuevas tecnologías, sino conservar intacta nuestra capacidad para plantear preguntas. Porque la historia de la ciencia nunca ha sido escrita por quienes encontraron respuestas rápidas, sino por quienes fueron capaces de formular mejores preguntas y tuvieron la disciplina de buscar sus respuestas mediante evidencia científica.
La popularidad puede acelerar la difusión de una idea. Solo la evidencia científica puede convertirla en conocimiento.
Conclusión
La transformación digital ha cambiado profundamente la manera en que los profesionales de la salud acceden, comparten y discuten el conocimiento. Nunca antes había sido posible observar procedimientos clínicos, intercambiar experiencias y establecer redes internacionales de colaboración con la velocidad y el alcance que hoy ofrecen las plataformas digitales. Esta realidad representa una oportunidad extraordinaria para la educación continua y para la democratización del conocimiento, siempre que comprendamos que la rapidez con la que una idea se difunde no constituye, por sí misma, una medida de su validez científica.
A lo largo de este artículo hemos revisado cómo diversos fenómenos ampliamente documentados por la psicología cognitiva, la ciencia de la comunicación y la medicina basada en la evidencia pueden influir en la manera en que interpretamos la información. El sesgo de confirmación, el efecto de verdad ilusoria, la influencia de la autoridad percibida, el contagio social y el impacto de los algoritmos sobre la visibilidad de los contenidos no representan fallas individuales de razonamiento, sino características propias del funcionamiento humano que pueden afectar tanto a pacientes como a profesionales de la salud. Reconocer su existencia constituye el primer paso para minimizar su influencia sobre nuestras decisiones clínicas.
La historia de la ciencia demuestra que las innovaciones más trascendentes comenzaron como observaciones, hipótesis o experiencias clínicas individuales. Sin embargo, solo alcanzaron reconocimiento científico después de recorrer el largo camino de la investigación, la revisión crítica y la reproducibilidad. La evidencia no limita la innovación; le proporciona el fundamento necesario para convertirse en conocimiento confiable.
Los “me gusta” en redes sociales no pueden reemplazar a la evidencia científica. Imagen: pixabay-267355
Quizá uno de los mayores riesgos de nuestra época no sea la velocidad con la que circula la información, sino la posibilidad de invertir el proceso tradicional de validación científica. Cuando la difusión precede a la investigación y la popularidad antecede a la evidencia, el método científico deja de actuar como punto de partida y comienza a utilizarse como un mecanismo posterior de justificación. Preservar el orden natural del conocimiento —observar, investigar, validar y finalmente difundir— representa una responsabilidad compartida por investigadores, docentes, clínicos, comunicadores y estudiantes.
En última instancia, la fortaleza de la odontología nunca dependerá del número de seguidores de una cuenta, de la cantidad de visualizaciones de un video o del alcance de una publicación. Dependerá de nuestra capacidad para seguir formulando preguntas clínicas relevantes, evaluar críticamente la evidencia disponible y aceptar que el conocimiento científico permanece siempre abierto a la revisión cuando aparecen datos de mejor calidad.
Las plataformas digitales continuarán evolucionando. Los algoritmos cambiarán. Nuevas tecnologías transformarán nuevamente la forma en que aprendemos y nos comunicamos. Sin embargo, existe un principio que permanecerá inalterable: la popularidad puede acelerar la difusión de una idea, pero únicamente la evidencia científica puede convertirla en conocimiento.
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