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¿Cuándo empezó la cirugía sin dolor?

El nacimiento de la anestesia quirúrgica moderna: el 16 de octubre de 1846, el odontólogo William T. G. Morton administró éter a un paciente en el Massachusetts General Hospital de Boston antes de una cirugía. Imágenes generadas por IA
Irene Roch

Irene Roch

jue. 9 julio 2026

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¿Saben ustedes cuando se empezó a realizar la cirugía sin dolor y que ello fue posible gracias a dos dentistas? Ya les adelanto que la conocida hoy en día como anestesia fue una gran contribución de la odontología a la cirugía y se trata de una historia preciosa que quiero compartir con ustedes.

En los últimos días del año 1844, hace algo más de 180 años, Gardner Colton, un pésimo estudiante de medicina se hacía pasar por profesor. Con ese engañoso bagaje viajó a Hartford, una pequeña ciudad situada en la costa este de los Estados Unidos, entre Boston y Nueva York. Allí se organizó para impartir una conferencia en la que prometía dar a conocer, como si se tratara de un conocimiento científico, los espectaculares efectos de un gas, el óxido nitroso, cuando, en realidad, ya circulaba por los ambientes sociales más populares de la época que este gas tenía unos efectos desinhibitorios. Por ello era conocido popularmente como el “gas de la risa”.

 

Los asistentes a aquel simulacro de conferencia tuvieron oportunidad de comprobar in situ sus efectos y, al inhalarlo, pudieron constatar que se apoderaba de ellos una especie de comportamiento hilarante que no podían controlar y que sus movimientos voluntarios también se veían afectados por una peculiar torpeza, similar a la que aparece tras la ingesta excesiva de alcohol. Entre el público se encontraba un reputado dentista local llamado Horace Wells. Fue solo a él al que le llamó la atención observar que uno de los participantes en aquella exaltación pseudocientífica, tras inhalar el gas, se había golpeado con fuerza una pierna, pero, paradójicamente, esto no parecía haberle producido la menor molestia. Solícito, el dentista le preguntó a este asistente si se había hecho daño con tal traumatismo. Cuando este negó haber sentido nada, Wells tuvo uno de esos impactos intuitivos que tanto caracterizan a los investigadores –por algo se dice que si no se sabe lo que se busca, tampoco se sabe lo que se encuentra– e inició un proceso analítico y reflexivo inmediato imaginando que justo ahí podía encontrarse una posible solución para el que ya era el principal problema que acuciaba tanto a él mismo como a todos los odontólogos: poder realizar las extracciones dentarias con el menor dolor posible. Sin ambages, Wells se acercó a Colton y le convenció para que, a la mañana siguiente, acudieran juntos a administrar aquel gas a un paciente mientras que otro colega le extraía un diente que le molestaba desde hacía tiempo y le ocasionaba un dolor insoportable.

El 11 de diciembre de 1844 la extracción dentaria se llevó a cabo sin que el paciente notara ningún tipo de dolor.

Esa mañana fue la del 11 de diciembre de 1844, y tal y como Wells había intuido, la extracción dentaria se llevó a cabo sin que el paciente notara ningún tipo de dolor, por lo que esa fecha quedó grabada para los anales de la ciencia, de la medicina y de la odontología.

Tras esta experiencia, Wells se familiarizó con el uso de este gas, el óxido nitroso, y llevó a cabo con éxito numerosas extracciones indoloras en diversos pacientes. Apenas transcurrido un mes, en enero de 1845, exultante, comunicó estos progresos a un antiguo discípulo suyo llamado William Morton que le ayudó en la continuidad de sus investigaciones y, desde entonces, Wells y Morton formaron un equipo cuyos nombres han llegado asociados hasta nuestros días.

En 1844, el dentista Horace Wells realizó las primeras extracciones dentales indoloras utilizando óxido nitroso ("gas de la risa"), sentando las bases de la anestesia inhalatoria.

 

Como resultado de la expansión de su trabajo colaborativo, ambos decidieron que había llegado el momento de consultar sus hallazgos con el químico más prestigioso de la ciudad, Charles T. Jackson, pero cuando éste tuvo conocimiento preciso de las aplicaciones clínicas planteadas para el gas, les expresó su opinión de que consideraba que se trataba de un método sumamente peligroso y desaconsejó su uso. A pesar de este revés, Wells y Morton no se dieron por vencidos y decidieron seguir ampliando su horizonte de búsqueda de apoyos y soporte científico por parte de personalidades de referencia. Fruto de ello se desplazaron a la cercana Facultad de Medicina de Harvard, en la que el prestigioso doctor John Warren les organizó una sesión clínica ante un concurrido auditorio en el anfiteatro del Hospital General de Massachusetts, centro universitario del que era cirujano jefe. La demostración consistiría en la intervención quirúrgica para la extracción de un diente afectado por una gran caries en un joven paciente. Aplicado el gas ante tan autorizada audiencia, en cuanto le cortaron la encía con el bisturí para acceder al diente, el paciente se agitó profiriendo gritos y exclamaciones propias del dolor intenso. Los colegas allí congregados comenzaron a abuchear a Wells y le acusaron de charlatán. Hoy día sabemos que el gas no falló, tan solo ocurrió que la dosis utilizada no fue la apropiada.

 

Aunque todo había estado oportunamente preparado para que estos dos dentistas de una pequeña ciudad mostraran ante la comunidad médica experta los efectos anestésicos del óxido nitroso, nada menos que en la Universidad de Harvard, los avatares del destino hicieron que aquella intervención quirúrgica fuera un desastre y Morton y Wells tuvieron que asumir un nuevo revés. Wells regresó a Hartford afectado, más bien hundido, por el fracaso cosechado. Sin embargo, Morton siguió, constante y tenaz, con los experimentos anestésicos y haciendo gala de la máxima «si continuamos haciendo lo mismo, solo obtendremos el mismo resultado», decidió emprender un cambio de rumbo, esta vez ya en solitario, comenzando a emplear otro gas en sus investigaciones: el éter.

Experimentos con éter

Con el éter, Morton experimentó primero en animales y después con sus propios pacientes. Los resultados iniciales no fueron del todo favorables, pero tras varios ensayos posteriores en los que consiguió añadir componentes farmacológicos complementarios e identificar las dosis necesarias de manera más precisa, el 30 de septiembre de 1846 utilizó éter sulfúrico para extraer de forma prácticamente indolora un molar del juicio a un famoso músico bostoniano cuyo nombre era Eben Frost. Con el éxito reciente cosechado, a lo que se añadió la relevancia social del paciente intervenido, Morton concertó una nueva cita con el doctor Warren, que tendría lugar apenas dos semanas después y que, a la postre, sería definitiva.El escenario fue el mismo del fiasco del año anterior, el anfiteatro de la Facultad de Medicina de Harvard, pero la aplicación del gas anestésico no sería ya para llevar a cabo una extracción dentaria, sino para extirpar un tumor congénito en el cuello a un paciente, también joven, llamado Gilbert Abott al que, en previsión de posibles fallos en la anestesia, habían maniatado.

Huelga señalar la gran expectación que había entre los asistentes. El odontólogo William Morton le dio a inhalar al joven paciente el éter sulfúrico y al cabo de unos minutos lo dejó inconsciente, de manera que el propio Warren llevó a cabo la operación sin más sobresaltos añadidos.

El médico Crawford W. Long utilizó éter con éxito en cirugía en varias ocasiones en Georgia (EE UU), años antes de que se publicaran ampliamente estos resultados.

 

«Caballeros, esto no es ninguna charlatanería». Con estas palabras se dirigió Warren al público que acababa de asistir a la cirugía llevada a cabo sobre el cuello de Abbot, sin que el paciente hubiera sentido ningún dolor tras inhalar el vapor de éter que le había suministrado el dentista Morton. Era el 16 de octubre de 1846, bautizado desde entonces como «el día del éter» y considerado como el nacimiento de la cirugía moderna con anestesia.

El 16 de octubre de 1846, bautizado desde entonces como «el día del éter» es considerado como el nacimiento de la cirugía moderna con anestesia.

Horace Wells, por su parte, había regresado a Hartford tras el fracaso de 1845 y había sufrido una fuerte depresión que se agudizó con el éxito de Morton, que según él le había robado la gloria. Más adelante continuó sus experimentos anestésicos, pero esta vez usando cloroformo, una sustancia a la que se volvió adicto. Sorpresivamente, se suicidó cortándose las venas tras haberse anestesiado él mismo con cloroformo en una de las más extrañas paradojas de la cirugía.

 

Aunque se recuerda al odontólogo Morton y al cirujano Warren como los inventores de la anestesia que ha llegado hasta la cirugía de nuestros días, hubo dos factores incuestionables que la injusticia de los relatos de la historia dejó eclipsados: la imprescindible contribución del también dentista Horace Wells y el papel, también imprescindible, desempeñado por la odontología. Ya que para el primero fue la pena, adjudiquémosle al segundo la gloria.

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